Rocío y sus tormentas

El húmedo Juan logró divisar un techito a unos veinte metros por calle Alvear. Aceleró el paso esquivando charcos con una destreza que llamó la atención del carismático Lucas, que desde la comodidad de un bar le comentó a sus amigos que si existiese un campeonato mundial de esquivar charcos, ése tipo, el que va allá, ganaría. Sus amigos rieron poco, casi nada. Solo Julia rió con ruido, porque las enamoradas ríen así.
La tormenta era feroz, el viento dramático, pero el habilidoso Juan logró llegar a salvo al techito que protegía el ingreso a una casa antigua de dos plantas.

A solo metros, una joven dijo ¡la puta madre! luego de pisar una baldosa floja mientras sus ojos buscaban un refugio cercano. Juan se aplastó contra la puerta mientras la miraba, como dándole lugar. Rocío se llamaba, era hermosa y no tuvo otra alternativa que acomodarse en los escasos centímetros que le sobraban al húmedo.

Que tiempito eh?, comentó Juan, intentando iniciar una charla de ascensor entre abuelos. Ella movió sus cejas solo milímetros y se acomodó por ahí.
Luego de un silencio raro Juan le ofreció un pucho, ella aceptó sin ganas mientras sacaba la cabeza para ver el cielo. Observó que el viento se estaba llevando la nube mas oscura y en solo minutos la tormenta desaparecería. Tomó aire, miró a Juan y se le escapó en voz alta un, y bue, es lo que hay. ¿Qué hay? preguntó Juan. Ella solo tiró el pucho sin encender y comenzó el cuestionario:

– ¿Vivís por aquí?
– No, ¿por? – Contestó Juan casi preocupado.
– ¿Estudias?
– Si, ¿por?
– ¿Qué?
– Abogacía, ¿vos?

Rocío tiro un suspiro de resignación, Juan no entendía qué sucedía.
Volvió a sacar la cabeza para observar el cielo: ¿Queres subir?. Juan sacó la cabeza, miró hacía arriba y preguntó ¿al cielo?, intentando remover la situación tensa, pero Rocío era una piedra. Sacó un manojo de llaves de la cartera, se las mostró y volvió a preguntar si quería subir. Juan miró a los costados como buscando apoyo en no se quien y volvió a los ojos de Rocío con un si, pero sin ningún tipo de convicción. Ella dio media vuelta, abrió la puerta y entró.
Juan volvió a mirar a los costados, como buscando algún tipo de respuesta (o quizás alguna otra pregunta mas sencilla), pero finalmente entró, hizo unos pasos y la puerta se cerró brutalmente por el viento.

Esa fue una tormenta fuerte y la octava cita de Rocío, la privilegiada de calle Alvear: la única en la cuadra con techito salvador, un techito que cumplía la función de un simple anzuelo. Y a pesar de que Juan no era de su agrado, la sequía en esos últimos tres meses justificaban cualquier decisión.

//

Carta a una camarera

Hace unos años hice un crucero y me enamoré de una camarera. Digo “enamoré” porque queda mas romántico, pero lo cierto es que era la única que me gustaba. Existían muchas mujeres hermosas arriba, pero ella tenía un nosequé.

Sus horarios, al igual que sus trabajos, eran extremadamente cambiantes. Por la mañana la encontraba en una biblioteca, por la tarde en un café, por la noche en una disco y algunas veces solo la veía caminando por los pasillos, como inspeccionando el trabajo de otros. Cada vez que la encontraba trabajando me acercaba y le pedía cualquier cosa, un trago, un café, lo que sea, con la excusa de conversar segundos con ella.

Su francés dificultaba nuestra comunicación, pero su sonrisa, su caminar y su tímida y dulce voz, me bastaban para pasar un agradable momento junto a ella.
Entre pedido y pedido lograba sacarle mas información, aprovechándome de las escasas palabras en español que ella sabía: Era de Agen, una pequeña ciudad al sur de Francia y ése era su primer viaje por latinoamerica. Sabía a la perfección ingles, alemán y ruso, pero el español le resultaba muy difícil.

La última noche en el Crucero le escribí una carta. En realidad era un relato que la tenía a ella como protagonista. Lo escribí varias veces hasta que logré una letra mas o menos digna.

Por la mañana, antes de bajar, me acerqué, la saludé y le dije que escribí algo para ella, mientras le dejaba en su mano un pedazo de hoja doblada en tres partes. Ella me contestó con una sonrisa tímida y aceptó la entrega con un dulce y entrecortado “Merci”.

En la carta puse mi nombre y mi mail. Hasta el día de hoy no recibí ninguna respuesta y esto me llevó a pensar diferentes alternativas que posiblemente entorpecieron nuestra comunicación:

A – Todos los empleados del Crucero tienen un promedio de 8 meses de trabajo. Seguramente las reglas de la empresa impiden que utilicen internet hasta llegar a tierra. En el caso de que alguno de ellos viole esta norma lo despiden y se quedan con todas sus pertenencias.

B – Murió. Lo cual sería muy lamentable, no tanto por lo joven y atenta que era en su trabajo, sino por mi.

C – Puse mal mi mail y ahora un afortunado debe estar en alguna playa europea disfrutando de sus hermosas curvas, mientras le pide que le diga asquerosidades en francés al oído.

D – Su novio encontró la carta y la destruyó frente a ella mientras pedía explicaciones. Ella, con lagrimas en los ojos, repetía una y mil veces que no sabia quien era ese apuesto tipo.

E – Una tarde soleada, mientras leía mi carta (con lagrimas en los ojos) en la proa del barco, una gaviota audaz le arrebató la carta de sus manos.

F – Un grupo de terroristas intelectuales atentó contra el barco en busca de cartas, poemas y cuentos, para luego publicarlas bajo el nombre de artistas fracasados.

G – No quiero aceptar la realidad.

//

Nunca es tarde para llorar

Hoy un taxista me preguntó si alguna vez lloré por una mujer, “Claro que sí” le contesté, y se lo dije como diciendo “¿Y quién no?”. Luego de un silencio raro me lanzó su historia. Para resumirla, me dijo: “¿Podés creer que yo nunca lloré por una mujer y recién ahora, a los sesenta años, vengo a enamorarme?”.

Luego de pagarle, le toqué el hombro y le dije “suerte”, y al señor de sesenta años se le quedó trabada una palabra en la garganta. Era un “Gracias”, estoy casi seguro.

//

Fisura

Ella se acostó a su lado.
Él encendió un porro mientras miraba el techo.

– La previa a tu espalda es hermosa. – Dijo Fisura mientras formaba una nube de humo en las alturas.
– Vos y tus frases. ¿De dónde sacas eso? – Dijo Raquel con una pequeña sonrisa.
Fisura la miró, besó su cuello y se levantó.
– Me tengo que ir a trabajar ¿Cuánto te debo?
– Lo de siempre bombón.

Su verdadero nombre era Horacio, pero toda su vida lo odió. Le parecía poco dinámico, antiguo, “de tipo sin futuro” decía él. “Fisura” le parecía perfecto, él mismo se lo puso e inventó una historia sobre su apodo para darle mas relevancia entre sus amigos.

Su día laboral comenzaba en una Estación de Servicio, donde cargaba una botella con agua y mucho detergente. Con presión la combinación salía expulsada por un orificio en la tapa y en su mochila llevaba un destruido pero fiel secador amarillo con mango negro.

La esquina de España y San Luis era su punto estratégico. Se la supo ganar luego de un par de peleas y un tiro en la pierna. A solo dos cuadras de ahí se encontraba uno de los casinos mas concurridos de la ciudad y ésa esquina era inevitable.
Sin pedir permiso, Fisura llenaba con detergente el parabrisas del primer vehículo que se detenía, mientras el chofer movía el dedo de un lado a otro con rabia. Fisura cortaba la negativa cuando comenzaba a escribir en el vidrio usando la espuma. Una letra que luego parecía una palabra pero para el conductor todo era muy confuso: Toulouse Lautrec

Fisura inmediatamente se posicionaba al costado del conductor y con euforia y sin dejar de refregar el parabrisas, comenzaba:
– ¿Vos sabes quien era Toulouse Lautrec?
– Qué!? – Preguntaba el conductor confundido y un poco asustado.
– El tipo era así – Decía Fisura mientras posicionaba su mano a la altura de su pecho. – Una mierdita, pero mas capo que vos y yo. Era pintor y se la pasaba en los cabarets, ningun pelotudo!.

Fisura se cruzaba hacia el otro lado del auto (el conductor ahora si acompaña con una sonrisa), le pedía  que baje el vidrio y seguía con su micro biografía perfectamente sincronizada con el semáforo, tirando datos precisos, acompañados de gestos demasiados gráficos pero sin olvidar su principal tarea: el parabrisas quedaba perfecto.

Con o sin monedas, despedía los autos con una sonrisa, luego le daba otro trago a la birra mientras esperaba que el semáforo vuelva a ponerse en rojo y pensaba con qué cultivar al próximo. Algunas veces necesitaba verle la cara al conductor, otras veces comenzaba con lo primero que se le venía a la cabeza. Fisura decía que algunos necesitan escuchar historias interesantes, complejas, pero muchos necesitan historias sencillas, populares, porque no saben qué es la belleza “…algunos creen que la belleza es cosa de puto, algunos ni saben que están vivos. Dan pena.” decía Fisura. Y lo decía mirando el suelo.

– ¿Vos sabes quien era Hemingway?
– Qué!?

//

El sueño de una noche de verano

Luego de intensas negociaciones, mi cuerpo y mi cama llegaron a un acuerdo de comodidad para dejarme cerrar los ojos y defender la tierra de un ataque extraterrestre, besar a Scarlett Johansson o charlar con Tarantino mientras comemos empanadas a piernas abiertas.

Salvar el mundo no fue tarea fácil, pero además conquisté nuevos planetas con mi reducido escuadrón. Al bajar a tierra tomé un vaso de agua, acomodé mi camisa y dirigí mis pasos hacía su habitación. Amanda Lorent era el falso nombre con el que se había registrado en un lujoso hotel de New York y al abrir su puerta me encontré con ella: un vestido negro contorneaba su hermoso cuerpo, dejando al descubierto fragmentos estratégicos de piel. Su mirada firme, sus largas piernas y una copa de vino en su mano enmarcaban la escena.

Sus labios carnosos estaban a milímetros de los míos cuando mi desubicado (pero preventivo) cerebro nos interrumpió para informarnos que mi cuerpo sufría de altas temperaturas debido al fuerte verano que azotaba mi ciudad. Ella me miró sin entender lo que sucedía. De inmediato tuve que abrir los ojos y se activó una tradicional y eficiente solución que consistía en desplazar la frazada que me cubría. El alivio llegó de inmediato y mi cuerpo me lo hizo saber. A los pocos segundo se captó un exceso de frío que comenzaba a generar molestias y se puso en marcha el plan B: encontrar el equilibrio perfecto de la temperatura usando una de las extremidades del cuerpo. Luego de un profundo análisis del problema, mi cerebro decidió que mi pierna derecha sería la ideal para esta ocasión. De inmediato mi cuerpo acomodó este fragmento fuera de las sábanas para captar el frío y distribuirlo a los sectores más vulnerables. En pocos segundos el paraíso se abrió entre mis poros.

Con una sonrisa inesperada, intenté volver a New York donde Scarlett me esperaba con ansias en el hotel, pero mi imaginación decidió plantearme un particular escenario al final de mi cama: Un monstruo con extremidades peludas y garras afiladas estaba a punto de arrancar mi pierna de un tirón para luego despedazarme. Mi cerebro y yo nos reímos de esta absurda e inmadura propuesta. De todos modos, y solo por prevención, se decidió ocultar mi pierna debajo de las sábanas, cumpliendo así los estándares de seguridad establecidos al principio de mi vida.

Cerré los ojos nuevamente para completar esos milímetros faltantes pero mi imaginación seguía firme con que el monstruo todavía estaba presente, oculto en la oscuridad, afilando sus garras y esperando el momento ideal para devorarme por completo.
Frente a este panorama, mi cerebro comenzó a preocuparse realmente y aquí estoy, sin poder pegar un ojo hace más de cuatro horas por culpa de la inmadurez y cobardía con la que se manejó esta tonta situación. Y no es que yo sea un cobarde, claro que no, los cobarde son ellos. Con mi cerebro y mi imaginación nada tengo que ver.

//

Los críticos de arte

El hecho sucedió en el año 2015, en Londres, durante la 8va exposición de arte contemporáneo. Hecho que hasta el día de hoy sigue dando que hablar.

En esa ocasión, dos grandes críticos de arte fueron invitados a dar su veredicto sobre algunas obras previamente seleccionadas. Robert Hurt y Yurt Galeck, personajes que supieron ganar popularidad debido a sus certeras y duras críticas que destrozaban (o llevaban al estrellato) a cualquier artista.
Esa mañana, la del 08 de Julio, luego de simular simpatía frente a una manada de fotógrafos y periodistas, los críticos ingresaron por la puerta principal del museo. Ya en su interior, y de manera poco disimulada, ambos se inspeccionaron de pie a cabeza con una desagradable mirada.

La obra de la talentosa artista Licy Steour fue la primera en ser analizada. “l’amour et un peu d’eau”. Una pintura abstracta con caóticos trazos que cubrían un lienzo de grandes dimensiones.
Los críticos se posicionaron a cuatro metros de la obra y con movimientos perfectamente sincronizados acomodaron sus gruesos anteojos para dar una primera impresión de la pintura. Se miraron sin evocar ninguna valoración para luego pasar a una inspección en detalle de los trazos: ambos sacaron una lupa y comenzó la autopsia milimétrica. A los cinco minutos Yurt poseía su veredicto pero no se atrevió a despegar su ojo de la lupa hasta que Robert lo hiciera primero. Robert, que también poseía su calificación final sobre la obra, seguía en plena farsa de análisis esperando que Yurt sea el primero en caer rendido. De esta manera se dio comienzo a una vergonzosa e infantil batalla, como si la cantidad de horas frente a la obra representara su profesionalismo.

Los quince minutos estipulados para la apreciación de la obra se convirtieron en horas y sus narices seguían pegadas contra el lienzo de Licy Steour. Un asistente acercó un vaso de agua pero no se atrevieron a beber ni una gota para evitar demostrar debilidad. Las horas pasaban y los críticos continuaron con un popurrí de falsas posiciones analíticas. Murmullos y soplidos de indignación o sorpresa se intercalaban entre ajustes de posturas o limpieza de lentes, dejando la poca dignidad que les quedaba por ahí.

Los medios no tardaron en rotar esta insólita noticia por el mundo y en menos de 48 horas fotos y videos de los críticos a milímetros del lienzo (y en posiciones poco agraciadas) se viralizaron de inmediato.
Frente a este absurdo panorama, a los organizadores se les ocurrió una controversial idea: promocionar una nueva muestra de arte, una que hasta el día de hoy mantiene grandes discusiones éticas y morales. Una idea que ha logrado desestructurar el arte y plantear un nuevo y revolucionario camino: la posibilidad de ver a dos afamados críticos en plena farsa analítica de la obra de Licy Steour. Esta instalación la titularon de manera sencilla y directa, “Los Críticos de Arte” y desde su apertura al público se registraron algunos curiosos acontecimientos. Uno de los más llamativos se dio en las primeras semanas de la exhibición. Una serie de visitantes aprovecharon la posición en noventa grados de estos profesionales para pegarles chirlos en su culo al pasar por detrás. Debido a este y otros sucesos, la organización decidió delimitar la distancia entre el público y los críticos a tres metros.

Actualmente las entradas siguen en venta (ya se agotaron todas las del 2016 y 2017) y se ha puesto de moda entre los miles de visitantes diarios, tomarse una selfie con el gesto de besarles el culo a la distancia, actividad que según dicen atrae la buena suerte.

120 kilos

Don Roque caminaba hacia la panadería con un andar sin futuro, de esos que se automatizan luego de veinte años de hacer lo mismo cada mañana. En el camino, un reflejo al otro lado de la calle llamó su atención. Don Roque, gordo y carente de agilidad, generó un pequeño embotellamiento al cruzar la calle. El reflejo se ocultaba entre arbustos, se acercó un poco mas, estiró la mano y encontró la felicidad. La tomó cuidadosamente y la colocó en su bolsillo mientras una sensación de placer comenzaba a recorrer su cuerpo, transformando sus kilos en sonrisas. A plena luz del día el Don comenzó a desnudarse con orgullo, tirando besos a mujeres y hombres por doquier. Feliz. Desnudo. Con todo lo que necesitaba, rodeando de infelices que jamás se atrevieron a inventar una mentira entre arbustos.